domingo, 4 de diciembre de 2011

La ausencia de ojos


Jugaba con sus ojos en la mano izquierda, como si para ver necesitara sentir lo observado.
Así comienza la historia, o así termina, fatal. Porque son esas, las que da gusto contar, no las coléricas de felicidad, sino las que arrancan desde el lagrimal y resbalan por el cigomático hasta perecer. Le pregunté si conocía una librería y me contó de las que yo ya había recorrido muchas veces atrás, miraba al suelo, y yo pensaba que al levantar la vista, se levantaría con él, todo lo demás. Pero no. Le deje de querer un “poquito”, después de que me di cuenta que no contaba con un lugar secreto en el cuál caer, cuando no se busca más que olor a hojas (y letras) viejas.

Así termina la historia, o así comienza, fatal.